Durante mucho tiempo creyó que amar era mirarse a través de otro. No lo pensó así, claro.
No lo habría dicho en voz alta, pero cada vez que esa persona estaba, ella se sentía más nítida, más real, más completa.
El reflejo funcionaba, mientras el otro mirara, ella existía con contornos claros.
Por eso insistió. No para que se quedaran juntos, sino para que el espejo no desapareciera.
Cuando el otro empezó a irse, no sintió solo abandono. Sintió algo más difícil de nombrar:
la amenaza de quedarse sin imagen.
¿Quién era ella cuando nadie la confirmaba? ¿Quién era
cuando no había ojos devolviéndole una versión reconocible?
Insistir fue una forma de protegerse, de no caer en ese vacío. Pero un día el reflejo se rompió igual.
No hubo discusión final, ni escena. Solo un silencio que ya no se pudo llenar.
Al principio fue brutal… verse sin ayuda, sin contorno prestado, sin nadie diciendo “así eres”.
Se sintió borrosa, incompleta, extrañamente invisible. Hasta que, con el tiempo, empezó a pasar algo distinto. No se vio de golpe. No se entendió.
Pero empezó a habitarse.
A reconocerse por dentro, sin necesidad de confirmación. No fue alivio inmediato. Fue aprendizaje lento.
Dejar de insistir no fue dejar de amar. Fue dejar de necesitar un espejo para sentirse entera. Y eso, aunque dolió, la devolvió a sí misma.