Hubo un tiempo en mi vida en el que no sabía quién era a menos que alguien me lo dijera.
Dependía de la mirada del otro para existir.
Yo buscaba espejos.
Personas que, de alguna forma, me devolvieran una imagen de mí que yo sola no sabía encontrar.
A veces eran parejas, a veces familiares, a veces amigos…
pero siempre había alguien sosteniendo ese reflejo que creía que necesitaba.
Y por eso, cuando alguien me trataba bien, yo pensaba que yo era buena.
Cuando alguien me ignoraba, yo creía que no importaba.
Cuando alguien me criticaba, yo sentía que algo estaba roto en mí.
Mi identidad no vivía dentro de mí: vivía en ese espejo prestado.
Hasta que un día, sin darme cuenta, alguien se llevó el espejo.
No sé si lo hizo a propósito o si la vida lo arrancó de mis manos,
pero me quedé sin reflejo, sin referencia, sin esa mirada que siempre esperaba para saber quién era.
Y al principio dolió.
Duele no reconocerse.
Duele no saber quién eres sin testigos.
Duele no tener a quién preguntarle si estás haciendo las cosas bien.
Pero también, de una forma extraña, fue una liberación.
Porque al no tener espejo, tuve que buscarme por dentro.
Tuve que preguntarme:
¿Quién soy cuando nadie me mira?
¿Quién soy cuando nadie me valida?
¿Quién soy cuando nadie me celebra?
¿Quién soy cuando no tengo que cumplir las expectativas de nadie?
Y ahí, en ese espacio que al inicio parecía vacío, encontré algo que nunca antes había sentido:
la posibilidad de mirarme desde mí.
No desde la aprobación.
No desde el ruido.
No desde la herida.
Desde mí.
Construí un espejo interno.
Uno que no depende de nadie.
Uno que no se puede robar.
Uno que refleja lo que soy, no lo que otros ven.
Y ahí aprendí algo importante:
no se trata de no necesitar a nadie.
No se trata de vivir sola, aislada o desconectada.
Los seres humanos nos necesitamos, nos tejemos, nos acompañamos.
El calor del otro es parte de la vida.
Pero la mirada que define quién eres…
esa tiene que ser tuya.
Hoy, si alguien se va, no me quedo sin reflejo.
Si alguien no entiende mi luz, no se apaga mi valor.
Si alguien intenta devolverme una imagen distorsionada de mí, ya no la creo.
Porque el espejo ya no está afuera.
Está en mí.
Y ese, nadie me lo puede robar.