Al principio parecía que estaba escribiendo sobre otros. Sobre los que se quedan. Sobre los que no huyen.
Sobre los que se sientan contigo cuando todo está mal. Pero no…
Mientras escribía, no estaba pensando en escenas ajenas. Estaba volviendo a lugares propios. Días en los que nadie vino, pero que siguió igual.
Funcionando, cumpliendo, haciendo lo que había que hacer.
Había una versión suya sentada en el piso, y ella pasó de largo. No porque no le importara.
Porque no sabía cómo detenerse sin romperse. Sentarse obliga a mirar… Y mirar pesa.
Esta vez fue distinto. No escribió para ordenar, ni para transformar nada.
Escribió…
y no se levantó enseguida.
Se quedó con esa versión suya que resistió sin ruido, que no fue épica, que no fue vista. No la apuró, ni la corrigió, ni le pidió que se levantara.
Solo se sentó.