No era pereza. Nunca fue eso. Era cansancio acumulado. Cansancio de lo repetitivo.
De lo que se hace todos los días y no deja rastro.
Soñamos con ayuda para liberar tiempo, no para vaciarnos por dentro.
La idea era simple: que alguien se hiciera cargo de lo mecánico para que lo humano pudiera respirar.
Crear, escribir, pensar “sin interrupciones”.
Pero algo se torció en el camino. La ayuda empezó a ocupar el lugar equivocado. Entró donde había duda,
donde había proceso, donde todavía no había forma.
Y lo que debía liberarnos, empezó a reemplazarnos.
No porque fuera malintencionado. Sino porque olvidamos preguntar para qué queríamos tiempo. La creatividad no necesitaba ser optimizada, necesitaba ser cuidada.
Y quizá el verdadero progreso no era que alguien pensara por nosotros, sino que alguien nos devolviera el espacio para pensar mejor.