Al principio nadie lo llamaba ansiedad, era eficiencia. El sistema medía el tiempo entre una idea y su ejecución. Mientras más corto, mejor.
Las ideas ya no tenían infancia. Nacían y, en el mismo movimiento, tenían que caminar. No había espacio para dudar, porque dudar era atraso, y atrasarse era quedarse afuera. Las personas aprendieron a reaccionar rápido.
A decir “sí” antes de saber.
A lanzar antes de sentir.
A decidir antes de entender.
Las ideas que pedían tiempo empezaron a desaparecer. No porque fueran malas, sino porque no sabían correr. Las ideas lentas (esas que necesitaban silencio, error, vueltas), empezaron a sentirse fuera de lugar.
Incomodaban.
“No la pienses tanto”, decían. “Haz algo ya”.
Y así, la prisa se volvió virtud. Nuestra mejor amiga. Las personas producían más, publicaban más, y decidían más.
Pero algo empezó a fallar. Las ideas ya no crecían. Se multiplicaban, pero no profundizaban. Eran correctas, funcionales… Olvidables.
Nadie sabía exactamente cuándo pasó, pero un día se dieron cuenta de que ya no recordaban la última idea que los había acompañado por mucho tiempo.
La prisa no había matado la creatividad. Había hecho algo peor: la había vuelto superficial.