No todos los días se despierta con ganas de conquistar nada. Y está bien.
Hubo un tiempo en que creyó que levantarse temprano tenía que doler, que el esfuerzo debía notarse,
que si no estaba cansada, no estaba creciendo.
Luego confundió otra cosa: empezó a vivir como si siempre estuviera siendo observada. Desayunos perfectos. Actitudes impecables. Días productivos incluso cuando el cuerpo pedía pausa.
Pero la vida no es una portada. Es más silenciosa que eso. Aprendió que cuidarse no es rendirse,
que disfrutar no es frivolidad, y que no todo drama necesita convertirse en anécdota épica.
A veces basta con levantarse y no hacerse daño en el intento.
Eso también es fuerza.
Una mucho más difícil de fingir.