He estado pensando en algo que casi nadie dice en voz alta:
vivimos oscilando entre dos extremos.
Un polo es el de la víctima:
“Todo me pasa a mí.”
“Todo está en mi contra.”
“Yo no puedo hacer nada.”
Y el otro polo —que ahora está muy de moda— es el de la hiperresponsabilidad:
“Yo soy responsable de todo.”
“Si me duele es porque yo lo atraigo.”
“Si alguien me trata mal es porque yo lo permití.”
“Si me afectó es porque no he sanado.”
Y ahí es donde yo digo: alto.
Porque sí: somos responsables de lo que elegimos, de cómo nos cuidamos, de cómo ponemos límites, de cómo respondemos.
Pero no somos responsables de todo.
Hay cosas que simplemente pasan.
Hay gente que hiere.
Hay actos injustos.
Hay abandonos.
Hay palabras que no debieron decirse.
Y también hay otra verdad incómoda:
a veces no reaccionamos “perfecto” porque no somos expertas, porque estamos aprendiendo, porque nos agarraron en una etapa frágil, porque el cuerpo recuerda, porque el sistema nervioso se protege como puede.
El punto no es ser víctima.
Pero tampoco es convertirte en culpable.
El punto es ese espacio intermedio, más humano, más real:
“Esto me pasó y me dolió.” (validación)
“No fue mi culpa.” (justicia)
“Y aun así, ahora me toca a mí cuidarme.” (poder)
Ese es el lugar donde se sana de verdad:
no desde el drama,
no desde el ego,
no desde la culpa,
sino desde la dignidad.