Hubo un tiempo en que llorar no era un evento. Era el estado base.
Lloraba mientras se bañaba, mientras comía, mientras trabajaba. “Sigo funcionando”, se decía.
No porque algo estuviera pasando en ese momento, sino porque algo estaba pasando por dentro todo el tiempo. Meses así. Sin pausas. Sin épica.
Y aun así, el mundo seguía.
Fue ahí cuando entendió algo incómodo: la mayoría de la gente no ve las batallas silenciosas. Y no tiene por qué.
Antes, eso dolía. Mucho.
Hoy no.
Hoy sabe que sobrevivió a días en los que nadie se quedó a mirar. Que siguió funcionando mientras se rompía. Que aprendió a sostenerse cuando no había testigos.
Por eso ya no negocia su valor con la atención de nadie.
Si no cae bien. Si dejan de hablar. Si no entienden. Si se van.
No pasa nada.
Porque ya estuvo en lugares mucho más oscuros y salió caminando sola.