A veces siento que todos me están mirando.
No con admiración, sino con lupa.
Como si cada parte de mí estuviera expuesta, exagerada, partida en colores que no encajan.
Hay días en los que me siento como este cuadro:
una mezcla de emociones que no terminan de formar una sola cara.
Y sin embargo, estoy ahí.
Visible.
Pública.
Juzgable.
Siento que me observan sin conocerme.
Que me interpretan sin preguntarme.
Que sacan conclusiones desde el ruido, no desde la raíz.
Y lo peor es que, a veces, soy yo la que me mira así.
La que me examina.
La que me exige.
La que me parte en partes y decide cuál es la que debe quedarse.
Me esfuerzo tanto por ser entendida, que me olvido de sostenerme.
Y me canso.
Me canso de ser tantas versiones para complacer tantas miradas.
Para evitar tantos juicios.
Para no incomodar.
Pero tal vez no se trata de ser menos.
Ni de ser perfecta.
Ni de ser armoniosa.
Tal vez se trata de recuperar la intimidad conmigo.
De dejar de ser vitrina.
De volver a ser espacio seguro.
No quiero ser la mujer que se explica todo el tiempo.
Quiero ser la mujer que se acompaña, aunque no siempre se entienda.