No hicieron preguntas inteligentes.
No buscaron soluciones.
No dijeron “todo va a estar bien”.
Se sentaron.
Ahí.
En el piso.
En el silencio incómodo.
En el día feo que no tenía explicación.
No intentaron sacarte de ahí.
No te empujaron a ver el lado positivo.
No te apuraron el duelo.
Simplemente se quedaron.
Mientras llorabas sin orden.
Mientras repetías lo mismo.
Mientras no sabías ni qué necesitabas.
No eran héroes.
Eran presencia.
Con el tiempo entendiste algo importante:
no necesitas gente que te levante,
necesitas gente que no se vaya cuando caes.
Los que se sientan contigo en la mierda no te salvan.
Te acompañan.
Y eso cambia todo.