No fue una gran discusión lo que los separó.
Fue algo más pequeño.
Más cotidiano.
Más fácil de ignorar.
Las cosas que no se dijeron.
Al principio parecían detalles.
Pensamientos que no valía la pena traer.
Emociones que podían esperar.
Palabras que era mejor guardar “para no complicar”.
El silencio parecía prudente.
Pero el silencio no desaparece.
Se queda.
Se vuelve peso.
Se vuelve gesto contenido.
Se vuelve distancia que nadie sabe explicar.
Cada silencio fue una piedra.
Y nadie notó que las estaban apilando.
Hasta que un día hubo un muro.
No alto.
No dramático.
Pero imposible de cruzar.
Hablar no era el problema.
Era llegar tarde.