Lloraba … De esas veces en las que no puedes esperar a llegar a ningún lado.
Las lágrimas bajaban solas, sin pedir permiso.
La cara mojada, el pecho apretado y el cuerpo… cansado.
Pero algo más estaba pasando al mismo tiempo. Mientras lloraba, ya estaba pensando, y no en por qué había pasado, no en lo injusto, ni en todo lo que dolía… Pensaba en el después.
En cómo iba a salir de ahí, cuál era el siguiente paso, qué podía hacer con lo que tenía, no con lo que faltaba.
Tenía lágrimas en las mejillas… y fuego en la mirada.
No era contradicción, era costumbre.
Aprendió a llorar sin quedarse, romperse sin rendirse, y a sentirlo todo mientras ya estaba armando el plan. No porque fuera fuerte todo el tiempo, sino porque la vida le enseñó que detenerse demasiado
no siempre era una opción.
Eso también deja marca.
La resiliencia no siempre se ve como victoria.
A veces se ve como alguien llorando mientras, en silencio, decide levantarse otra vez.