Un día alguien hizo la pregunta equivocada: ¿Para qué sirve?
Y respondimos encantados.
A partir de entonces, cada idea debía justificar su existencia. No bastaba con que fuera hermosa, curiosa o incómoda. Tenía que servir. Servir a algo, a alguien, a un objetivo claro.
Las ideas inútiles empezaron a verse como capricho, las que no tenían retorno, como pérdida de tiempo.
Crear por crear se volvió sospechoso.
Si no monetiza, ¿para qué?
Si no ayuda, ¿para qué?
Si no escala, ¿para qué?
Las personas empezaron a matar ideas que no sabían explicar. No porque no les gustaran, sino porque no podían defenderlas. La creatividad se volvió estratégica, inteligente, correcta… Y profundamente estéril.
Porque muchas de las cosas que más transforman no sirven de inmediato, sirven después, sirven distinto, sirven sin avisar. Pero el sistema no tenía paciencia para eso.
Así que se quedó con ideas útiles y perdió las ideas vivas.