No empezó como envidia.
Era admiración. Curiosidad. Referencias.
Mirar lo que otros hacían para entender mejor el camino.
Pero algo cambió.
Cada nueva idea venía acompañada de una pregunta incómoda:
¿Ya alguien lo hizo mejor?
Las ideas empezaron a llegar con vergüenza. Dudosas. Inseguras. Pidiendo permiso.
Algunas se guardaban para “más adelante”. Otras se corregían antes de existir. Otras simplemente no volvían.
No era falta de talento. Era exceso de espejos.
Y crear, frente a tantos reflejos, se volvió cada vez más difícil.