No fue una decisión consciente.
Nadie se levanta un día queriendo perder el foco.
Simplemente empezó a anotar más cosas.
Ideas, pendientes, recordatorios, oportunidades que no podía dejar pasar.
Todo parecía urgente, necesario.
Las ideas ya no podían quedarse a jugar. Tenían que justificar su presencia. Explicar para qué servían. Demostrar que valían el tiempo que ocupaban.
Las que no lo hacían, se iban rápido.
No hubo caos. Hubo orden. Listas limpias. Días llenos. Sensación de avance.
Pero ninguna idea terminó de crecer.
Porque cuando todo es importante, nada tiene espacio para respirar.