Me armé un castillo.
Piedra por piedra.
Muro por muro.
Puerta cerrada. Ventanas altas. Foso profundo.
Sin darme cuenta.
Lo construí con silencios, con distancias, con miedos.
Me alejé, me escondí… tal vez esperando que alguien viniera a buscarme.
Me encerré ahí.
Esperando…
A ver si alguien venía a rescatarme.
Pero nadie vino.
Y no, no porque no me quieran.
No porque no valga la pena.
Sino porque nadie tiene por qué venir a salvarme.
Porque nadie merece cargar con mi encierro, con mis pruebas, con mis muros.
Porque no es justo que alguien tenga que escalar tanto solo para encontrarme en silencio, con la esperanza rota y los brazos cruzados.
Me armé un castillo…
y ahora no sé cómo salir.
Porque esto no es una fortaleza.
Es una trampa.
Una trampa que yo misma diseñé.
Me alejé para ver si me buscaban.
Amenacé con irme para que me dijeran “no te vayas”.
Esperé llamadas que nunca llegaron.
Lloré mensajes que nunca escribí.
Y me fui quedando sola…
Pero no sola porque nadie vino.
Sola porque me escondí.
Y hoy me hago una pregunta que me duele:
¿Debería bajarme del castillo…
o debería seguir esperando a que alguien escale?
No culpo al otro por no venir, de hecho, creo que es injusto que alguien tenga que escalar un muro tan alto.
Tal vez lo valiente no es quedarme arriba fingiendo que no necesito a nadie.
Tal vez lo valiente es bajarme.
Abrir la puerta.
Mostrarme sin armadura.
Salir y vivir.
No quiero seguir atrapada en un lugar que construí por miedo.
Porque aunque nadie vino a rescatarme, hoy sé que yo sí puedo salir de aquí.