Hoy fue uno de esos días en los que no camino, no gateo… me arrastro.
Me desperté con el corazón hecho nudo. Venía de una noche difícil, cargada de tristeza, insomnio y lágrimas. Una de esas noches en las que el desamor te recuerda lo sola que puedes sentirte, incluso después de tanto trabajo interno.
Una de esas noches que parecen llevarte varios pasos atrás, aunque en el fondo sabes que también son parte del camino hacia adelante.
Hoy no me sentía creativa.
No tenía fuerzas para ponerme bonita, para salir a caminar, ni para crear nada en papel. No quería abrir el teléfono. No quería interactuar. Solo quería existir lo más bajito posible. Así que me lo permití.
Me levanté suave. Me cepillé los dientes. Comí algo sencillo. Y entonces decidí cocinar comidas saludables para la semana.
Porque aunque reconozco que no lo disfruto mucho, para mí, cocinar también es arte. Concentrarme en lavar los vegetales, preparar las comidas, sentir que le estaba haciendo bien a mi cuerpo, me desconectó de mi por un rato.
Es otra forma de salir de mi mundo y entrar en otro más silencioso, más táctil, más inmediato. Me serví un plato bonito, me preparé una bebida con una fresa y me senté a comer como si fuera un ritual sagrado. No para olvidarme del dolor. Sino para acompañarlo.
Cocinar me reseteó. No me “curó” del todo. Pero me devolvió una chispa.
Y con esa chispa, más tarde, me senté frente a mi mesa de trabajo y volví al papel.
Volví a las flores, a las capas, a los colores. Y creé algo. No desde la euforia. Sino desde el deber cumplido con mi alma.
No estoy bien del todo ahora mismo. Pero me siento presente.
Y eso, para mí, es suficiente.
A veces la creatividad no es explosión.
A veces es apenas una respiración que te dice: “sigue, aunque sea despacito.”
Y yo hoy… seguí.