Que había algo en mí que estaba mal.
Ser tan intensa. Sentir tanto. Hablar con tanta pasión.
Reír muy fuerte, llorar muy hondo, amar demasiado.
Me esforcé por encajar.
Por parecer más tranquila, más correcta, más contenida.
Quise ser más fácil de digerir para el mundo.
Pero en ese intento de suavizarme, me fui apagando.
No fue de golpe.
Fue como una velita que se queda sin oxígeno poco a poco.
Y lo más doloroso es que ni siquiera me di cuenta en el momento.
Solo sentía un cansancio raro, un vacío que no entendía.
Hoy sé que no estaba rota.
Estaba sobreviviendo en un molde que no era el mío.
Y entonces empecé a mirar hacia adentro.
A recordar mis partes olvidadas.
A reencontrarme con mi voz, con mi deseo, con mi intensidad.
Y descubrí algo que me cambió para siempre:
No tengo que arreglarme.
Estoy hecha de capas.
De contradicciones, de heridas, de fuego, de ternura.
Soy una obra en proceso.
Una historia que aún se sigue escribiendo.
Y en ese proceso, aprendí algo más:
Que muchas veces no necesitamos que alguien nos rescate,
sino que alguien nos escuche.
Y que a veces esa “alguien” tenemos que ser nosotras mismas.
🕊 Si tú también te has sentido “demasiado”…
demasiado emocional, demasiado intensa, demasiado soñadora…
Quizás no tengas que cambiarte.
Quizás solo necesites empezar a contarte.
A escribir tu historia desde un lugar más sincero,
donde ya no seas un personaje secundario tratando de encajar,
sino la protagonista que se atreve a ser como es.
Porque no estás rota.
Estás viva.
Y eso ya es una forma de belleza.