Yo no me daba cuenta, pero muchas de las veces que me sentía triste, frustrada o desilusionada, no era porque algo malo hubiese pasado…
…era porque algo que yo me había imaginado no había pasado.
Me armaba escenarios con personas, respuestas que nunca llegaron, mensajes que no fueron enviados, reencuentros que sólo vivieron en mi cabeza.
Lo peor es que todo eso se sentía real. Mi cuerpo reaccionaba como si me hubieran rechazado de verdad. Lloraba. Me dolía. Me cerraba.
Pero era solo mi imaginación. Una película que yo dirigí, actué y sufrí.
Y eso lo hice más veces de las que quisiera admitir.
Entonces entendí:
si mi imaginación tiene el poder de hacerme llorar con algo que no pasó,
también tiene el poder de calmarme, sostenerme y darme paz con algo que todavía no ha pasado… pero que puede ser bello.
Empecé a imaginarme cosas distintas:
- ¿Y si este post conecta con una mujer que lo necesitaba justo hoy?
- ¿Y si me visualizo trabajando en lo que amo, sin miedo a ser juzgada?
- ¿Y si empiezo a imaginarme feliz, tranquila, en paz, en lugar de abandonada o insuficiente?
Usé la imaginación como un ensayo positivo, no como una trampa emocional.
Si tú también tienes una mente creativa que a veces te juega en contra, tal vez puedas empezar a preguntarte:
¿Estoy viviendo esto o lo estoy imaginando?
Y si lo estás imaginando, que al menos sea algo que te sostenga.
Que sea una visión que te levante, no una historia que te rompa.
Si este tema te hizo clic, tengo muchas ganas de contártelo también con voz.
Estoy preparando un episodio del podcast sobre este tema y me encantaría que lo escucharas.
Porque tal vez no estás rota. Solo estás usando tu mayor don —la imaginación— en tu contra. Y ya es hora de recuperarlo.