Ella camina sobre una cuerda floja suspendida en el aire.
No corre. No se detiene. Avanza con esa mezcla de temblor y determinación que solo conocen quienes han decidido no elegir entre el todo y la nada.
A un lado del camino, la ambición. Una ciudad brillante la llama con luces de reconocimiento, logros, metas cumplidas. Desde lo alto, se escucha el eco de los aplausos y la promesa de “más”. Más éxito. Más validación. Más de todo.
Al otro lado, la plenitud. Un valle quieto, suave, donde nada parece urgente. Donde el aire huele a descanso y a una felicidad sin necesidad de demostración. Allí no hay metas, pero tampoco hay hambre. Solo presencia.
La trapecista los mira a ambos. A veces, su cuerpo se inclina hacia las luces de la ciudad. Le brillan los ojos. Siente el impulso de llegar, de correr, de conquistar. Pero la cuerda tiembla.
Otras veces, anhela soltarse y dejarse caer en el abrazo del valle. Abandonar el esfuerzo. Ser suficiente tal como es. Pero también entonces, la cuerda se sacude.
Al principio, lucha contra el movimiento. Intenta forzar la calma, aferrarse al control. Cree que el equilibrio será encontrar un lugar donde ya no se tambalee. Pero con el tiempo, entiende. No se trata de detenerse. Ni de llegar.
La trampa no está en el temblor. Está en creer que temblar es fracasar.
Y entonces cambia.
Ya no busca el lado correcto. Camina con ritmo propio. Escucha. Siente. Ajusta. A veces se permite avanzar rápido. Otras veces, se detiene. Respira. Se sostiene.
La trapecista no deja de temblar.
Pero ya no le teme al vértigo.
Ha aprendido que el equilibrio no es inmovilidad,
sino una danza sutil entre dos extremos.
Y que la verdadera maestría no es dejar de dudar,
sino avanzar…
aun temblando.