Al principio era solo compañía.
Un sonido de fondo mientras pensaba. Una voz ajena para no sentirse sola con la propia. Algo que llenara los espacios donde antes aparecían ideas.
Nunca fue demasiado. Nunca fue evidente.
Pero el silencio empezó a incomodar.
Cuando no había ruido, algo faltaba. El cuerpo se tensaba. La mente buscaba estímulo, aunque no supiera para qué.
Las ideas intentaban aparecer, pero llegaban tarde. Interrumpidas. A medio formar. Como si pidieran permiso para existir.
Había información. Mucha. Inspiración. Demasiada.
Pero ninguna idea propia terminaba de quedarse.
No era falta de creatividad.
Era exceso de voces.