Al principio nadie lo notó.
No hubo un momento exacto en el que desapareció. No fue una caída, ni un accidente, ni una decisión dramática. Simplemente, un día, ya no estaba.
Seguía levantándose temprano.
Seguía cumpliendo.
Seguía haciendo lo que había que hacer.
Pero algo había cambiado.
Antes, las ideas aparecían sin pedir permiso. En la ducha. Caminando. Mientras miraba por la ventana. Ahora no. Ahora todo necesitaba una razón. Un objetivo. Un resultado esperado.
Las ideas dejaron de ser visitas y pasaron a ser tareas.
Al principio pensó que era cansancio. Luego, que era falta de disciplina. Después, que necesitaba organizarse mejor. Ajustó horarios. Midió tiempos. Eliminó distracciones. Optimizar se volvió la palabra favorita.
Funcionaba… más o menos.
Había días productivos. Días eficientes. Días correctos.
Pero ningún día vivo.
La sensación era extraña. Como tener todas las piezas, pero no saber para qué era el rompecabezas.
Cuando algo no salía, no se frustraba. Lo corregía. Cuando algo salía bien, no celebraba. Lo repetía. No había espacio para el error, ni para el exceso, ni para lo inútil.
Lo inútil fue lo primero en irse.
Luego se fue el silencio.
Después, el aburrimiento.
Más tarde, la curiosidad.
Un día intentó sentarse sin hacer nada. Duró tres minutos. La incomodidad era física. Como si el cuerpo no supiera estar sin producir algo.
Fue entonces cuando entendió que no había perdido la creatividad.
La había reemplazado.
La había cambiado por versiones más limpias, más rápidas, más aceptables. Ideas que no molestaban. Que no tardaban. Que no pedían demasiado.
La creatividad no se fue enojada.
Se fue en silencio.
Porque nadie la estaba esperando.