Si hay alguien indisciplinada en este planeta, esa soy yo. Me cuesta seguir una rutina todos los días, por muchos muchos días. Y siempre pensé que mi problema era la disciplina, que algo en mí estaba mal porque no lograba sostener rutinas perfectas, horarios rígidos, días idénticos uno tras otro.
La narrativa era clara: levantarse temprano, hacer lo mismo todos los días, repetir sin cuestionar.
Es que te dicen que eso es la clave.
Y sí, la disciplina sirve. Es importante para ordenar, estructurar, y si, hace posible muchas cosas, para muchas personas.
Pero con el tiempo empecé a notar otra cosa (que raro, ¿no?).
No todo lo valioso en la vida nace de la repetición impecable. No todo lo que importa se construye desde la constancia mecánica. Hay algo profundamente monótono en la disciplina por sí sola. Algo predecible.
Seguro. Hasta cómodo.
Lo verdaderamente difícil no es cumplir metas cuando todo está alineado, cuando hay energía, cuando el plan es claro y el cuerpo responde. Lo difícil es avanzar cuando no hay rutina, cuando el ánimo fluctúa (porque perdón, eso de “al diablo tus emociones, sigue el plan”, es muy díficil de seguir, tal vez para los hombres, pero nosotras, con tantos cambios hormonales, lo sentimos como un castigo).
Lo difícil es sostener una intención incluso cuando no se parece a una lista de hábitos perfecta.
Aprendí que muchas veces no era falta de disciplina. Era otra forma de moverse. Más caótica, más intuitiva, menos ordenada… pero no menos válida. Y que juzgarme por no encajar en el molde del “disciplinada ideal” me alejaba más de mis objetivos que la falta de rutina en sí.
Porque hay personas que construyen desde la constancia exacta. Y habemos otras que lo hacemos desde el pulso interno, desde el movimiento irregular, desde la adaptación constante.
Ambas llegamos. Solo que por caminos distintos.
Tal vez no era indisciplina. Tal vez era otra manera de estar viva.